martes, 11 de junio de 2013

Muxes: entre la tradición y el cambio

REPORTAJE. Muxes: entre la tradición y el cambio


http://www.notiese.org/notiese.php?ctn_id=6669
Leonardo Bastida Aguilar
Ilustración: Carlos Fernández Moreno
México DF, junio 10 de 2013.
Provenientes de una tradición cultural de raíz indígena, famosa por su convivencia cotidiana con la diversidad sexual, los muxes han salido de Oaxaca y muchos se han establecido en la capital del país. Tratan de equilibrar su identidad original y las definiciones de homosexualidad y transexualidad que encuentran en la gran urbe. Han hallado en la ciudad su autonomía, su libertad, pero también un riesgo latente: el VIH/sida.
Desde hace 20 años el concepto de muxe se ha modificado. Lejanos parecen los días en los que un par de zapatos y un ligero toque de maquillaje en el rostro diferenciaban a los hombres y las mujeres de los muxes. La migración, el contacto con otros estilos de vida, la influencia de los medios de comunicación y la construcción de un estereotipo agradable a los foráneos, provocaron una redefinición de este grupo social, que orgullosamente muestra sus raíces indígenas, pero también busca incorporarse a la globalidad. Algunos de ellos, distanciados de su tierra natal por casi mil kilómetros, tratan de conservar sus tradiciones, se enfrentan a nuevas situaciones como el VIH y redefinen esta identidad sui generis.
"Me vine porque quería ayudar a mi mamá y que dejáramos de pasar hambre", relata Pati mientras combina las conversaciones en zapoteco y español, escucha a todo volumen canciones rancheras, prepara camarones, frijoles y enfría unas cervezas.
Es una tarde de domingo en el bullicioso Centro Histórico de la ciudad de México. En medio de puestos ambulantes, se abre un rincón de Juchitán, Oaxaca; es el departamento de esta muxe de 40 años que cada fin de semana vende comida del Istmo de Tehuantepec. Todos los ingredientes son enviados por sus familiares, sobre todo su tío, un muxe biinigulasa (gente anciana) que la ha apoyado desde antes de migrar a la ciudad.
Luego de servir un pollo frito con col y tlayudas, retoma la conversación y recuerda que llegó a la capital mexicana para trabajar como ama de llaves en una casa; tenía 17 años. En su pueblo natal se le definía como muxe, es decir, un varón homosexual. Ella asegura que siempre le gustaron los trabajos de mujer y por eso disfrutaba ayudando a su mamá.
Si bien a su padre no le agradaba la idea e intentaba asustarla llevándola al campo de madrugada, su madre siempre la defendió. Sus hermanos cuestionaban a su madre por qué le dejaba utilizar falda si era hombre. "Ella siempre les decía que me dejaran en paz", narra mientras escucha de fondo la canción Amor Eterno, de Juan Gabriel, y las lágrimas comienzan a brotar.
Incluso su madre cuestionó a su padre y le dijo que tanto en la familia de él como en la de ella había muxes, por lo que había que aceptar a Pati como era y dejarla utilizar ropa de mujer.
Cuando llegó a la Ciudad de México utilizaba faldas largas para que su "patrona" no se diera cuenta de nada. Esto se facilitó porque la dejaban sola con una lista de las tareas que debía hacer. Posteriormente se fue a trabajar de cocinera, oficio que le gusto más y al que se dedica hasta hoy en día.
De origen campesino, ex trabajadora de una cantina, Pati comenta, con una voz que se entrecorta por segundos, que en la ciudad ganaba en una semana lo percibido en su pueblo durante un mes.
Cambio de hábitos
Una noticia le cambió la vida. Tenía VIH. En 1999 se enteró que era portadora del virus tras estar enferma por un tiempo considerable. Primero le detectaron tuberculosis. Al sentirse mal regreso a Juchitán y su madre la cuidó. Le contó a sus familiares y fue acogida por ellos. Uno de sus miedos era que le dieran la espalda, pues "la gente de allá te discrimina porque no sabe nada de la enfermedad. Luego dicen no debes comer donde ellos (lo hacen) porque los contagias".
Si bien no responde de manera clara la pregunta de cómo se infectó con el virus, explica que por 16 años se dedicó al trabajo sexual. Recuerda que la amiga que la invitó a venir a la ciudad le dijo que podía cobrar si se acostaba con hombres y sacar un dinero extra. Su trabajo en la cocina le permitía salira las tres o cuatro de la tarde. Así lo hizo por más de una década. Empezó en las calles de la zona conurbada de la capital mexicana. Después en la estación del Metro Hidalgo, en el monumento a la Revolución y la calle de Tacuba, de donde se retiró hace dos años. "Cobraba 80 pesos, veinte para el hotel y 60 para mí". Una vez más pausa su voz. "Todo se lo enviaba a mi madre", musita y aclara, aún con los ojos vidriosos, que todavía apoya a sus hermanos y otros familiares. Su madre murió hace seis años.
Su regreso a casa en el año 2001 la fortaleció. Pasó cuatro meses con sus padres. Allí la comenzaron a atender, le hicieron más análisis y le dieron su primer tratamiento contra el VIH. Después le dieron un pase de atención al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y regresó a la ciudad muy repuesta. Para ella, lo más importante es que pudo salir adelante con el apoyo de su familia y volvió a trabajar.
Incluso su mayor preocupación, su hijo, de 23 años, aceptó la situación. Si bien reconoce que lo acepta, a veces le dice "tío" o a veces "papá". No ahonda más en el tema. Lo que sí comenta es que cuando le comunicó que había dejado la calle, su hijo se puso muy contento.
Aún se siente capaz de seguir en el trabajo sexual, pero reconoce que es muy difícil porque "te arriesgas y te discriminan" y el dinero no se gana tan fácil. Por esa razón les deja las calles a otras muxes más jóvenes, quienes al igual que hizo ella, buscan ingresos extra. Prefiere aconsejarlas y darles apoyo, lo cual le ha valido el mote de "La tía Pati".
Libertad
Harta de ser la niña de la casa, Miriam vino a la ciudad de México para asistir a una fiesta de graduación y se quedó. Dice que ninguno de sus cinco hermanos la dejaba salir. Su mamá le decía que, si fuera mujer, el riesgo no pasaba de que saliera embarazada; como hombre, no pasaba de una pelea. Sin embargo, recuerda, le decían que como muxe no falta quien no los soporte y les haga daño.
A su vez, recuerda que a los 6 o 7 años a su papá le molestaba que no fuera un niño "normal". "Era un poco complicado para él", menciona y señala que habló con una tía sobre la situación. "Entonces ella fue con mi papá y le dijo que lo que yo traía ya no tenía solución. Le dijo que si no me quería, ella me llevaba a su casa. Mi papá no aceptó y prefirió nunca más decir nada". Al paso del tiempo comenzó a usar falda y todos la aceptaron. Durante su adolescencia, sus amigas eran mujeres y estudió cultura de belleza.
Para Miriam, llegar a la ciudad de México le permitió sentir libertad. Tras 17 años vive a gusto con Pati. Se ha involucrado en ambientes como el trans y se comenzó a hormonizar. Su familia se ha acostumbrado, cuando va a su casa no le dicen nada sobre sus cambios.
Cada momento que es posible rememora Oaxaca. Si bien ella es de Santa Rosa de Lima, comparte muchas cosas con muxes de otros lugares. Fuera de su trabajo prefiere hablar en zapoteco con sus paisanas.
Actualmente trabaja en una estética en el centro aunque al igual que muchas muxes, ejerce el trabajo sexual por las noches o cuando le llaman por teléfono. Incluso mientras hablamos recibe la llamada de "Ramón", un hombre que desea ser pasivo durante la relación.
No tiene una definición del concepto de muxe, pero está orgullosa de ser de Oaxaca. Regresa a su pueblo una vez al mes y viste los trajes típicos de la región. Es feliz porque todos la han tratado bien.
¿Qué es ser muxe?
"Ser muxe es una manera de ser, como el ser mujer, como el ser hombre, nada más que tiene otro comportamiento muy distinto al del gay. Es más apegado a la mujer, a las costumbres, a su manera de comportarse. En el caso de los gays, andan unos con otros. En el caso de los muxes, ellos no son pareja de otros. Nunca tienen una pareja muxe, ellos andan con hombres. Lo que sí es que a algunos desde que nacen se les nota", indica Mandis, cronista de Juchitán y fundador de Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, una organización con trabajo de prevención de VIH en el Istmo.
En entrevista con Letra S explica que los muxe están totalmente adaptados a su familia. Viven en casa con sus padres y hermanos, ayudan a actividades del hogar, participan económicamente, tienen compadres, comadres y ahijados.
Sobre su aceptación social, explica que en Juchitán hay un matriarcado sólo aparente, porque la mujer también es maltratada y agredida al igual que en otras partes, aunque es la administradora del hogar. "Eso sucede con los muxes, la que los acepta de lleno es la mamá. El papá, por su hombría, su machismo y lo que le puedan decir en la cantina o en las fiestas, no lo acepta tanto".
Tanto para Mandis como para Elí Bartolo, uno de los fundadores del colectivo Gunaxhii Guendanabani, otra de las organizaciones con trabajo en prevención de la pandemia, la fisonomía de los muxes se ha transformado. Ambos coinciden en que la mayoría no se viste de mujer, utilizan ropa de hombre, algunas veces con zapatos de mujer y un poco de maquillaje. Sin embargo, fueron los medios de comunicación y el interés de extranjeros e investigadores por la situación que se vive en Juchitán, lo que motivó a algunos a vestir sus trajes típicos de la región y adoptar una imagen totalmente femenina, al grado de ser una de las expresiones culturales más famosas de la ciudad istmeña y que le ha dado el sobrenombre de "Muxetán".
El VIH es un tema que los ha marcado desde 1985, cuando se registró el primer caso en Salina Cruz. Cifras de muxes con el virus no las hay y nadie ha medido el impacto de la pandemia en la comunidad. Sin embargo, en Juchitán sí han apoyado a la disminución de las cifras por medio de talleres, obras de teatro y pláticas informativas. Al respecto, la antropóloga Marinella Miano Borruso, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en su texto Muxe': "nuevos liderazgos" y fenómenos mediáticos, refiere que las tasas de nuevas infecciones se redujeron de 101 casos en 2003, hasta 70 casos en 2008 y se incrementó el uso de condón en sectores como los "mayates", principales parejas sexuales de los muxes.
Otras como Pati se atienden en la Ciudad de México, un lugar donde las personas travesti, transgénero y transexuales, comunidad donde varias muxes suelen refugiarse, registran una prevalencia del virus de 20 por ciento. Al visitar a Pati, algunas muxes hablaban del tema, pero preferían no hablar de su situación personal ni aclarar si eran o no portadoras del virus.
A pesar de tantos cambios, Elí y Mandis consideran que siempre habrá muxes, adaptados a diferentes maneras de vivir, y que seguirán adelante.
Dónde estés
"Aquí no cambié, sigo igual. No he tenido problemas por ser muxe. Siempre me han dado trabajo". Para Pati, ser así no ha representado ningún problema. "Me siento como una mujer porque me gusta hacer cosas de mujer. Soy orgullosa y no me apena, soy gente zapoteca, aunque la gente diga que somos unos pinches indios o unos pinches oaxacos, ojalá sepan que somos trabajadores", recalca mientras lava platos. Esta tarde no han venido tantas personas a comer, sin embargo, no tuvo mala venta. Rememora su tierra pero no piensa regresar aunque tiene una casa. Aquí esta su trabajo, su médico y parte de su vida, sobre todo porque siempre será muxe, sin importar el lugar donde esté.
*Publicado en el número 203 del Suplemento Letra S del periódico La Jornada el jueves 6 de junio de 2013.
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